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La Herencia

5 agosto 2016 Nessun Commento

Manuel Gómez Granados

Decían los viejos maestros de ética social que el bien común era todo aquello, tangible e intangible, espiritual, cultural y material, que recibíamos al nacer sin que nosotros hubiésemos hecho nada; esto es lo que la sociedad ha ido construyendo como es patria, lengua, cultura, tradiciones, historia, ciencia, héroes, santos, marco jurídico, hospitales, carreteras, escuelas, infraestructura urbana… También los bienes que brinda la naturaleza como tierras, mares, ríos, clima, fauna, flora, bosques… esos bienes pertenecen a todos, poseen un destino universal y nos dan una identidad como comunidad o país.

Pero, advertían, el concepto no está completo si no añadimos lo que cada persona aporta para el bien de todos. Había pues, una concepción dinámica e interdependiente de la persona humana, según la cual, cada uno, al nacer recibe un legado y cada uno debe cuidarlo, acrecentarlo y mejorarlo para dejarlo a las generaciones futuras.

El bien común no es la suma de bienes individuales, ni siquiera los bienes de la mayoría, sino el conjunto de condiciones materiales y espirituales que permiten y favorecen el desarrollo completo de cada ser humano, de todo el ser humano y de todos los seres humanos.

En aquellas clases de los viejos maestros, se insistía en que la patria era el lugar donde estaban nuestros muertos, que con su trabajo y sangre habían forjado nuestra tierra, y que cada uno de nosotros debía continuar y perfeccionar ese legado. Lo que recibimos es don y tarea.

La historia oral y escrita de cada comunidad reforzaba la identidad y hacía que despertara el orgullo por las grandes hazañas de tanta persona que nos habían antecedido. La historia de la primera escuela en mi pueblo o el primer hospital o la primera carretera; la historia del héroe que salvó al pueblo de una invasión o un desastre natural; la historia de cómo se crearon leyes como el voto de la mujer, el sufragio universal, el derecho a la huelga…

A mi entender, la herencia sociocultural tiene cierta primacía sobre la herencia desde el punto de vista material.

Y reflexionar en el legado que cada uno ha recibido, debería volvernos agradecidos con nuestros antepasados. Ellos hicieron posible lo que hoy tenemos y también ellos impidieron otros bienes posibles.

Sin embargo, vivimos tiempos diferentes y da la impresión de que lo que más se observa es la ingratitud. Una queja constante por todo lo que hicimos los adultos, por la forma de trabajar, de organizar la política, de consumir, de usar el tiempo libre, de vivir… cierto, muchos adultos difícilmente podemos sentirnos orgullosos de nuestro legado. No estamos satisfechos con lo que hicimos ni con el mundo que dejamos a los jóvenes, pero hicimos lo que podíamos con lo que teníamos. Ahora bien, la ingratitud no creo que deba ser la forma de reaccionar ante lo que recibimos. Como dice el refrán, “es de bien nacidos ser agradecido”.

Esa actitud de no reconocer lo recibido: la herencia, nos desvincula de nuestros antepasados, a quien nada les debemos, y nos desvincula de los que vienen después de nosotros, pues nada les dejamos. Y de paso somos ingratos y desagradecidos con Dios. De este modo, el ser humano se considera dios, pues él se hace a sí mismo a partir de la nada: narcisismo ególatra, autosuficiente e individualista.

No creo que todo tiempo pasado sea mejor ni que sea sano sacralizarlo. Pero tampoco creo que todo lo nuevo, sólo por serlo, es mejor. Hoy vivimos el cansancio de las pasiones, para usar la expresión de Bettina Calvi, y parece improbable que alguien se envuelva en la bandera y se aviente al vacío por la patria o que por su fe prefiera el martirio o que por un partido político esté dispuesto a todo.

Existe una epidemia del descompromiso, de la huida de lo estable o perenne, de nula paciencia para cultivar aquello que crece lentamente y con sacrificio. Parece difícil que alguien quiera sacrificar sus fines de semana cuidando enfermos terminales o visitando cárceles o trabajando por el sindicato. Muchos hijos prefieren enviar al asilo a los papas y llevar a los niños todo el día a la guardería. Y muchos papas prefieren gastar su legado en viajes o comodidades que heredarlo a esos hijos que piensan que no les deben nada. De un lado unos padres menos comprometidos con trabajar para dejarles algo a los hijos y, del otro, unos hijos sin compromiso, sin gratitud y sin ganas de luchar. Sería una injusticia decir que esto es lo único. Por supuesto que sigue habiendo gente noble, padres amorosos, hijos extraordinarios, ciudadanos comprometiditos por el bien común y gente que desde la herencia que recibió está luchando por reinventar el futuro.

Por eso, hablar en el Tonale de herencia resulta extraordinariamente oportuno, pues permitirá volver a las fuentes y desde una visión interdisciplinar relanzar nuevamente la importancia y el auténtico sentido de la herencia.

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