Nos entusiasma y al mismo tiempo nos asusta este “bello y horrible monstruo” (haciendo nuestras, de este modo, las antiguas palabras que usó Giosuè Carducci) cuyo nombre es “Artificial Intelligence” y sobre cuyo acrónimo “AI” juega – haciendo que lo leamos como si fuese “yo” en inglés – el título que el Tonalestate ha dado este año a su manifiesto. ¿Quién eres tú, entonces, inteligencia artificial, que me relatas de leyes y realidades nuevas e inesperadas? ¿Y quién soy yo que te estoy forjando? Temor y entusiasmo, indecisos y casi tartamudos, se toman de la mano y se detienen para preguntarse si es mejor seguir las danzas de quienes alaban a esta nueva hija del hombre o bien si no es más oportuno confiar en quienes ponen barreras a su desarrollo. El entusiasmo actúa sobre las vibrantes y encendidas esperanzas que la inteligencia artificial provoca: ¿de veras dejaremos de morir y viviremos una juventud ilimitada, teniendo a eficientísimos robots atendiéndonos? ¿se eliminarán por fin las guerras, la miseria, el hambre, el dolor, las injusticias, las esclavitudes, los confines y todo límite? ¿ya no tendremos que preocuparnos jamás por si las obras de nuestras manos, brotando y dando frutos, puedan quizás perturbar el universo? El temor, por su parte, actúa sobre aquella sabiduría que pone en guardia del sobrepasar una línea tras la cual la alegría se torna en llanto, puesto que la experiencia nos enseña que a menudo lo mejor es enemigo del bien. Y los versos del poeta Montale indican perfectamente esta alternancia entre temor y entusiasmo: está el perfume de lo nuevo, en el cual deseamos entrar para hurgar e indagar, buscando aquel “hilo por desenredar” que nos permita hallar alguna claridad “al languidecer más el día”, pero, como bien nos sugieren los versos escogidos por el manifiesto, nuestra mirada es llamada a sobrepasar las apariencias y nuestra mente es impulsada a aferrar y custodiar conexiones y divergencias, a través de una reflexión libre no sólo de fantasías e ilusiones sino tambien del temor, justificado mas indudablemente paralizante, de ser, a corto plazo, completamente abrumados por nuestra exploración. Y no olvidemos que estamos ante un nuevo al cual, en realidad, ya nos hemos acostumbrado, gracias a las computadoras cada vez más potentes, a los celulares que ya no podemos dejar a un lado, a las cámaras a las que siempre señalamos dónde estamos, qué estamos haciendo o diciendo, y a aquellos anónimos algoritmos con los que dialogamos, sin decidir todaviá si decirles o dejar que adivinen lo que nos gusta y lo que necesitamos.

Las preguntas abiertas por la inteligencia artificial (un “quid”, es cierto, aún un poco torpe y con el rostro pintado sólo en parte) son infinitas, pero las más urgentes nos parece que sean éstas: ¿cuál necesidad lleva al hombre a crear “otro sí mismo”, que haga sus mismas funciones pero de manera más rápida, más eficiente y más precisa? ¿este “otro sí mismo” nos volverá a todos menos inteligentes, como algunos dicen, o bien seremos más libres de dedicarnos a lo que deseamos o amamos? ¿nos volveremos todos incapaces de recuerdo y de memoria, puesto que dependeremos completamente de unas máquinas? Para quien tendrá que gobernarnos ¿será más fácil tener sobre nosotros un poder absoluto? ¿la inteligencia artificial será para nosotros una droga que no mata al cuerpo sino las conciencias o será un instrumento cuyo uso es confiado a la rectitud individual? Y este artefacto, nacido de nuestras manos ¿sabrá dar respuesta a la pregunta más importante de nuestra vida, aquélla que se pone, generación tras generación, cada hombre que nace: “quién soy yo”? De aquí las palabras del subtítulo – “¿son iguales a ellos quienes los fabrican?” – que nos recuerdan el Salmo 114. Y vemos que el manifiesto pone un importante signo de interrogación a la categórica afirmación del salmista, atreviéndose así a cuestionarlo, mientras que, reflexionando sobre nuestro presente, se pregunta: ¿la inteligencia artificial es de verdad hija del hombre? Y, si lo es, ¿seremos capaces de educarla a que pueda dar la vida por un amigo o amar a su enemigo (los dos niveles más altos del amor humano)? Indudablemente, hay como mínimo dos hechos que requieren una vigilancia muy atenta: la inteligencia artificial desde hace tiempo ha cambiado el rostro de la guerra, volviéndola aun más trágica e irresponsable, y, además, ha entrado hasta la médula de la estructura genética del hombre. Ante esta colonización de dos aspectos muy importantes para la vida y la convivencia humanas, no queremos ni podemos olvidar que el tiempo humano siempre tiene que ser el tiempo de lo ideal, el cual se entreteje de positividad cuando el hombre es capaz de respeto hacia sí mismo y hacia el otro y cuando su trabajo es cuidadoso, paciente, dulce, amoroso, apasionado, simple e inteligente, con visión a futuro mas abierto a lo inesperado, exactamente como vimos que hizo Gepetto con su Pinocho: desde aquella madera que él con cuidado talló, salió un inesperado ser in fieri que, desde inconsciente, atrevido y poco generoso, se convirtió finalmente en ser humano. Y esto nos da esperanza.

Y es precisamente este tipo de esperanza que el Tonalestate nos pide que tengamos para tratar de dar alguna valiente respuesta a las preguntas provocadas por la invasión, en nuestra vida, de la inteligencia artificial. Y nos pide que lo hagamos con aquella paz que sostiene, disimulada, la estatua (esculpida más de dosmil años antes de Cristo y ahora preservada en el Museo del Louvre en París) del superintendente Ebil-il, cuya belleza el manifiesto nos invita a disfrutar, sugiriendo a la vez que hagamos nuestro aquel espíritu dócil, sin austeridad mas cargado de fuerza. Este rey (o funcionario) mesopotámico está rezando y, en su inmóvil blancura, nos indica con cuál inocente y perspicaz inteligencia tendremos que intervenir en el mundo nuevo che nos ha alcanzando, una realidad tan actual sobre la que nos ayudarán a reflexionar y dialogar, con franqueza, dedicación y responsabilidad, pensadores, científicos, filósofos, artistas y todos los amigos del Tonalestate que se reunirán, ya a partir de la mitad de julio en conexiones virtuales, bajo la mirada atenta, mas no inmóvil, de los bellos Alpes che se alzan entre Trento y Brescia, en Passo del Tonale, en Italia.